A partir del 15 de agosto de 2025, el Teatro Alcázar de Madrid acoge Un dios salvaje, una de las comedias más punzantes de la dramaturgia contemporánea. Escrita por Yasmina Reza, esta obra disecciona con humor mordaz y una precisión quirúrgica las tensiones sociales, familiares y personales que se esconden bajo la máscara de la corrección. Lo que empieza como un encuentro civilizado entre dos matrimonios para resolver un conflicto infantil, termina por convertirse en un campo de batalla emocional e ideológico que deja al descubierto los instintos más primarios.
La propuesta escénica que llega al Teatro Alcázar apuesta por una puesta en escena minimalista y un trabajo actoral poderoso, que permite que el texto —inteligente, afilado y divertido— sea el gran protagonista. Es una obra que arranca carcajadas incómodas y risas de reconocimiento, y que interpela directamente al espectador con una pregunta demoledora: ¿cuánto hay de civilizado en nuestra convivencia diaria?

Una reunión de adultos que se descontrola
La historia parte de un suceso aparentemente banal: dos niños se pelean en el parque y uno de ellos sufre una lesión en un diente. Sus padres deciden reunirse para tratar el incidente con madurez y buscar una solución amistosa. Sin embargo, en lugar de avanzar hacia el entendimiento, la conversación se enreda en malentendidos, sarcasmos y reproches soterrados que terminan por sacar a la luz todo lo que ninguno quería decir.
Lo que al principio parece un simple intercambio de posturas educativas se convierte rápidamente en un duelo verbal donde el respeto se resquebraja, las lealtades cambian y los personajes se desnudan emocionalmente ante el espectador. El equilibrio se rompe, y cada palabra abre una nueva grieta. El conflicto infantil es solo una excusa para revelar los mecanismos de hipocresía que sostienen la vida adulta.
Un texto que combina comedia y crítica social
Yasmina Reza logra en Un dios salvaje una de esas proezas raras: una comedia elegante y salvaje al mismo tiempo, que hace reír sin perder profundidad. Con diálogos precisos y una estructura impecable, la autora explora las contradicciones del mundo moderno, desde la superioridad moral hasta el clasismo encubierto, pasando por la falsa corrección política y el egoísmo disfrazado de valores familiares.
La obra se desarrolla en tiempo real, sin pausas ni transiciones, lo que intensifica la tensión y permite que la caída en el caos se perciba como inevitable. No hay buenos ni malos, sino personas vulnerables, vanidosas y contradictorias que luchan por mantener su imagen mientras se desmoronan por dentro. Reza demuestra que la comedia más efectiva es aquella que nace de la verdad.
Interpretaciones sólidas al servicio del conflicto
El reparto de esta versión aporta un nivel actoral notable, imprescindible para que el texto funcione. Cada actor construye su personaje desde la sutileza, sin caricaturas, y permite que el espectador se identifique, se incomode y se ría por partes iguales. Los cuatro intérpretes juegan con las emociones contenidas, los cambios de tono y los estallidos de sinceridad que marcan el ritmo de la obra.
El equilibrio entre los miembros del elenco es clave, ya que las dinámicas se construyen a base de réplicas y contrarréplicas. La dirección ha sabido potenciar el tempo cómico sin perder la tensión dramática, logrando que cada escena evolucione con naturalidad hacia un descontrol cada vez más hilarante y revelador. El espectador asiste a un colapso elegante y entretenido.
Un escenario que refleja la contención y el estallido
La escenografía, aparentemente simple —un salón moderno, pulcro, de líneas rectas— se convierte en un espacio simbólico del orden burgués que poco a poco se descompone. El mobiliario inamovible y los objetos cotidianos se convierten en testigos mudos del derrumbe emocional de los protagonistas. La iluminación y la música sutil acompañan este proceso, reforzando la tensión latente.
Todo en la puesta en escena está al servicio del texto y de los actores. No hay efectos ni adornos innecesarios, lo que hace que la palabra tenga todo el peso y que el espectador se concentre en los matices. La sobriedad del espacio escénico contrasta con la intensidad creciente de las emociones, generando un juego escénico de gran eficacia teatral.
Una propuesta ideal para reír, pensar y debatir
Un dios salvaje es, ante todo, un espejo deformante en el que todos pueden verse reflejados. Las situaciones que plantea, aunque llevadas al extremo, parten de contextos reconocibles: la vida en pareja, la crianza, las convenciones sociales, el orgullo, las apariencias. Por eso, la obra no solo provoca risa, sino también reflexión y conversación posterior.
El Teatro Alcázar ofrece así una oportunidad perfecta para disfrutar de una comedia con fondo, afilada y contemporánea, que sigue tan vigente como en su estreno. A partir del 15 de agosto, los espectadores podrán sumarse a esta reunión de padres que empieza con modales… y termina invocando al dios salvaje que todos llevamos dentro. Una experiencia teatral inteligente, incómoda y absolutamente disfrutable.