Los días 20 y 21 de septiembre de 2025 llega a Los Teatros del Canal De Medea a Pasolini, un espectáculo de danza creado e interpretado por Manuela Barrero. Esta pieza es mucho más que una coreografía: es un recorrido físico y simbólico a través de los grandes discursos sobre la violencia, la memoria y la resistencia. A través del cuerpo, la artista invoca la figura de Medea como símbolo ancestral del exceso y lo femenino, y la conecta con la mirada lúcida y radical de Pier Paolo Pasolini, uno de los intelectuales más incómodos y clarividentes del siglo XX.
El resultado es una obra que plantea un diálogo inquietante entre dos fuerzas que comparten una raíz común: la de quienes no encajan en el relato dominante. Medea y Pasolini, desde sus respectivas épocas y lenguajes, emergen como figuras de ruptura, de disidencia, de denuncia. En ese cruce, el cuerpo de Barrero se convierte en el lugar donde esas voces se actualizan, se debaten y se hacen carne ante los ojos del público.
Un cuerpo atravesado por la historia
Manuela Barrero plantea esta obra como una experiencia que nace de su cuerpo y vuelve a él, pasando por los ecos de figuras míticas, históricas y personales. De Medea a Pasolini es una coreografía donde lo íntimo y lo colectivo se superponen, donde el gesto ya no es solo danza, sino memoria activa. Cada movimiento contiene una tensión, una pregunta, una herida abierta.
El trabajo físico es exhaustivo, pero no busca el virtuosismo. Lo que interesa es la capacidad del cuerpo de decir lo que no se puede decir con palabras. Barrero se presenta como un cuerpo testigo, como alguien que ha leído, sentido y cargado con una tradición de exclusión, belleza, rebeldía y violencia. Lo que emerge no es una narración, sino una presencia que interpela.
Medea como símbolo y advertencia
La figura de Medea ha sido siempre polémica: madre, extranjera, vengadora. En esta pieza, se reinterpreta como una mujer cuya furia no es locura, sino reacción. Un símbolo del desarraigo, de la mujer que pierde todos los lugares seguros y se ve empujada al margen. Barrero recoge esa imagen y la transforma en danza, sin didactismo, sin ilustración literal.
En lugar de reproducir la historia de Medea, la bailarina destila su esencia: el dolor, la pérdida, la potencia destructiva como forma de supervivencia. La coreografía no pretende justificar, sino comprender lo que ocurre cuando lo humano se rompe. En esa ruptura hay una energía que se vuelve política, escénica y profundamente humana.
La palabra silenciada de Pasolini
Si Medea representa la violencia que nace del despojo, Pasolini encarna la voz que se rebela contra el silencio impuesto. En la segunda parte de la obra, el espectáculo se impregna de la mirada del poeta, cineasta y pensador italiano, no a través de citas textuales, sino mediante una presencia que se filtra en los gestos, en la tensión del espacio, en la elección de los silencios.
Pasolini es evocado como un intelectual que incomoda, que se niega a acomodarse, que señala lo que otros prefieren no ver. La danza recoge ese espíritu y lo transforma en acción escénica: desplazamientos irregulares, pausas cargadas, gestos que invocan la rabia y la ternura a partes iguales. El cuerpo en escena se convierte en un espacio de resistencia contra el olvido.
Una puesta en escena minimalista y precisa
Lejos del ornamento o el exceso visual, De Medea a Pasolini se apoya en una estética depurada. La escenografía es mínima, pero está cuidadosamente construida para generar resonancias emocionales. Cada elemento sobre el escenario tiene un peso simbólico: no hay nada superfluo, todo está cargado de intención.
La iluminación juega un papel esencial. Crea atmósferas que transitan entre lo opresivo y lo revelador, acompañando las transiciones entre los mundos de Medea y Pasolini. La música, elegida con rigor, aparece en momentos clave para subrayar emociones o provocar rupturas. Es un espectáculo donde todo parece medido al milímetro, pero sin perder la intensidad vital de lo que ocurre en directo.
Una experiencia que interpela al espectador
Quien asista a De Medea a Pasolini no encontrará respuestas fáciles ni una historia cerrada. Encontrará una artista que ofrece su cuerpo como lugar de cruce, de diálogo, de tensión entre lo que fue y lo que sigue siendo. La obra no busca representar, sino activar, sacudir, provocar preguntas que tal vez no tengan respuesta.
Este espectáculo no se mira desde fuera, se vive desde dentro. Invita a la reflexión no desde el intelecto, sino desde la emoción y la percepción sensorial. Es una pieza que exige presencia, atención y apertura. Y, sobre todo, es un recordatorio de que el cuerpo puede ser también un archivo, una herida, un grito y una promesa. Una experiencia escénica que deja marca.

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