El Abrigo del Monte se asoma estos días al MARPA como una de esas exposiciones que, sin hacer ruido, dejan una huella larga. La muestra reúne piezas recuperadas en El Vellón para contar cómo vivió un grupo de cazadores-recolectores hace 16.000 años, en los momentos finales de la última glaciación, cuando la sierra de Madrid era un paisaje mucho más frío que el actual.

La propuesta tiene algo muy cercano para quien vive en la región: habla de un yacimiento de aquí, de un territorio que sigue siendo parte del día a día madrileño, y lo hace a través de objetos pequeños pero elocuentes. ¿Qué puede decir un diente perforado, una punta de azagaya o un raspador sobre quienes habitaron la sierra? Bastante más de lo que parece a primera vista.

Además, la exposición forma parte del espacio del museo dedicado a la arqueología madrileña en formato breve, pensado para acercar hallazgos concretos con claridad y sin solemnidad. La entrada es libre y gratuita hasta completar aforo, y la visita se puede hacer con calma porque el recorrido está planteado para leer bien cada pieza y entender por qué este enclave ayuda a reescribir la idea de una meseta vacía en los periodos más fríos del Pleistoceno.

Un abrigo, una comunidad y muchas pistas

El hilo de la exposición parte de un lugar muy concreto, el abrigo situado en El Vellón, y de una comunidad humana que supo adaptarse a un entorno duro. En vez de una gran historia contada con gestos épicos, aquí todo se construye desde restos modestos: útiles de piedra, elementos de industria ósea, fauna y adornos personales. Esa combinación permite reconstruir actividades cotidianas y también una forma de estar en el territorio.

Entre las piezas más llamativas aparecen cuatro caninos de zorro perforados, usados como adorno personal, y varias puntas de azagaya, que apuntan a prácticas de caza. Junto a ellas, los buriles y raspadores, trabajados sobre todo en cristal de roca y sílex, hablan de tareas de talla, perforación y preparación de pieles. Lo que parece una colección pequeña acaba dibujando un retrato muy nítido de vida material.

Lo que cuentan las piezas más pequeñas

La exposición también presta atención a la microfauna, y ahí aparece un dato especialmente útil para entender el clima de aquel momento: el topillo nórdico. Su presencia ayuda a reconstruir un entorno frío y encaja con la imagen de una sierra madrileña muy distinta a la actual. No es un detalle menor, porque en arqueología a veces la información más valiosa llega precisamente en forma de restos diminutos.

Esa lectura es una de las razones por las que la muestra interesa más allá del yacimiento en sí. El Abrigo del Monte no solo habla de un grupo humano concreto, sino de cómo se ocupó y aprovechó el interior peninsular en tiempos que durante mucho tiempo se imaginaron casi vacíos. Ver estas piezas juntas ayuda a entender que hubo presencia, adaptación y conocimiento del medio en la sierra madrileña cuando el clima imponía otras reglas.

Una cita para mirar la arqueología madrileña de cerca

La muestra abre una ventana muy clara a la investigación arqueológica hecha en la Comunidad de Madrid, y lo hace con una selección breve pero bien elegida. Coordinada por Elena Carrión y Paloma de la Peña, reúne materiales que permiten pasar del hallazgo al contexto, de la pieza aislada a la historia completa. Esa es, en el fondo, la gracia de este tipo de exposiciones: convertir datos de excavación en relato comprensible.

A eso se suma la publicación editada con motivo de la exposición, un libro de estudios pensado para un público general y firmado por varios especialistas. Quien se acerque al museo no solo verá objetos; también se encontrará con una forma de leer el pasado regional desde el detalle, con rigor y sin perder claridad.

Cuándo ir y qué tener en cuenta

La exposición se puede visitar del 1 de octubre de 2026 al 1 de octubre de 2027 en el Museo Arqueológico y Paleontológico de la Comunidad de Madrid, en Alcalá de Henares. El horario es de martes a sábado, de 11:00 a 19:00 horas, y domingos y festivos, de 11:00 a 15:00 horas. Los lunes el museo permanece cerrado, igual que los días 24, 25 y 31 de diciembre y el 1 de enero.

Para quien se mueva en transporte público, el museo está en pleno centro histórico de Alcalá, así que el acceso resulta sencillo desde la ciudad. La visita encaja bien en una escapada corta y sin prisas, porque el formato de la exposición invita a detenerse en cada pieza y a leerla con atención, que es justo lo que pide un hallazgo así de concreto.

Al final, lo más atractivo de esta propuesta es su escala: no intenta abarcarlo todo, pero sí iluminar un fragmento muy preciso de la prehistoria madrileña. Y a veces basta con eso para entender mejor de dónde viene un territorio que todavía guarda muchas historias bajo tierra.