El manto y su ojo: danza, flamenco y mundo interior en movimiento

El manto y su ojo: danza, flamenco y mundo interior en movimiento

El manto y su ojo es un espectáculo de danza flamenca contemporánea con coreografía e interpretación de Eduardo Guerrero, que se presentará entre el 23 y el 25 de enero de 2026 en la Sala Roja Concha Velasco de Teatros del Canal, en Madrid. La propuesta parte de una idea de gran profundidad conceptual: explorar el cruce entre la vigilia y el sueño, lo real y lo onírico, a través del cuerpo, el gesto y la emoción.

Este montaje no busca solo exhibir una técnica o un estilo de baile; su objetivo es llevar al público a un espacio introspectivo, donde la danza se convierte en lenguaje simbólico y el escenario en un lugar de tránsito interior. En tiempos de saturación visual y ruido constante, la obra propone detenerse y mirar hacia dentro, convirtiendo el movimiento en una herramienta de reflexión y conexión.

Una coreografía que transita entre vigilia y sueño

El corazón de El manto y su ojo late en esa franja difusa entre estar despierto y estar soñando. A través de la danza, Guerrero recrea esa sensación de flotar entre dos mundos: el consciente y el subconsciente. Como si el cuerpo despertara de un sueño profundo que ha transformado su forma de percibir la realidad, cada gesto escénico transmite una vibración emocional que se mueve entre lo físico y lo metafórico.

En esta coreografía, el flamenco no se presenta como una forma cerrada ni purista, sino como un lenguaje vivo que se abre al símbolo, al silencio, al vacío. La escena oscila entre lo visceral y lo etéreo, permitiendo que el espectador entre en un estado de contemplación activa, casi meditativa. La intensidad emocional no se impone, sino que se insinúa, como si emergiera desde lo más profundo del intérprete y se expandiera sutilmente por todo el espacio.

Simbolismo y tradición en escena

Uno de los elementos más potentes del espectáculo es la evocación de las Cobijadas de Vejer de la Frontera, mujeres que se cubrían completamente con un manto, dejando solo un ojo visible. En El manto y su ojo, seis cantaoras encarnan esta figura, transformándola en un símbolo de introspección, protección y rebeldía silenciosa. La cobijada no se esconde por temor, sino por decisión: su velo es una afirmación de autonomía y misterio.

Este simbolismo visual se convierte en el eje que articula una conversación entre la memoria histórica y la creación contemporánea. Las cobijadas no son figuras del pasado encerradas en un folclore inmóvil, sino presencias vivas que dialogan con el presente. La obra convierte ese imaginario en una metáfora de cómo se construye la identidad desde el margen, desde la sombra, desde la mirada que observa sin ser observada del todo.

La trayectoria de Eduardo Guerrero: entre el flamenco clásico y la innovación

Eduardo Guerrero, nacido en Cádiz en 1983, es una de las figuras más destacadas del flamenco actual. Comenzó su formación a los seis años y desde entonces ha desarrollado un camino personal que combina el respeto por la raíz con una búsqueda constante de lenguajes nuevos. A lo largo de su carrera ha trabajado con maestros como Antonio Canales, Manolo Marín o Mario Maya, al tiempo que ha desarrollado proyectos propios que lo han llevado a escenarios nacionales e internacionales.

Su estilo se caracteriza por una fuerza física desbordante, una gran precisión técnica y una capacidad expresiva que conecta con públicos muy diversos. Guerrero no se conforma con repetir fórmulas: en cada creación busca ir más allá, cuestionar lo aprendido, desafiar lo establecido. El manto y su ojo es un ejemplo claro de esta actitud inquieta, en la que el baile se convierte en un vehículo de pensamiento y emoción.

Una propuesta que desafía percepciones y sentidos

El manto y su ojo no se presenta como una exhibición de flamenco al uso, sino como una experiencia sensorial completa. La pieza invita al espectador a abandonar sus expectativas y a entregarse a un viaje donde la música, la voz, el cuerpo y la luz dialogan sin necesidad de palabras. Inspirada en la idea del sueño como espacio sagrado, la obra plantea un terreno donde el gesto se convierte en canal de revelación y conocimiento.

Esta propuesta tiene la virtud de trascender el género. Aunque se inscribe dentro del flamenco, dialoga con la danza contemporánea, el teatro visual y la performance. Es un espectáculo que no solo se ve: se siente, se intuye, se escucha con la piel. La frontera entre el artista y el público se difumina, generando un espacio compartido donde cada quien puede encontrar sus propios significados. En esa apertura, El manto y su ojo logra algo inusual: ser, al mismo tiempo, íntimo y universal.


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