Madrid sigue cambiando de forma cada vez que alguien vuelve sobre sus imágenes más antiguas. Eso es lo que propone Madrid en construcción, 1940-1985, una exposición que reúne fotografías de varias décadas decisivas para entender cómo la ciudad pasó de la ruina de la posguerra a la expansión urbana de la segunda mitad del siglo XX. La muestra continúa abierta en la Sala Cristóbal Portillo del complejo cultural El Águila, en Madrid capital, con entrada libre hasta completar aforo.
La visita funciona como una lectura visual de la capital y de su región, no como un simple repaso de obras o edificios. En esas imágenes aparecen escombros, solares, chabolas, nuevas avenidas, bloques en altura y grandes hitos arquitectónicos, pero también una manera de vivir la ciudad que se fue desplazando poco a poco. ¿Qué cuenta mejor la historia de Madrid, una fecha o una fotografía? Aquí la respuesta está clara: la cámara captura el momento exacto en que un paisaje deja de ser lo que era y empieza a convertirse en otra cosa.

Una ciudad en transformación vista desde la fotografía
La exposición arranca en 1940, entre ruinas, y ese punto de partida marca todo el relato. Madrid aparece herida por la Guerra Civil, con barrios y espacios urbanos agredidos en toda su extensión, y con imágenes que documentan barricadas, trincheras y montañas de escombros provocadas por los bombardeos. No se trata solo de mostrar destrucción, sino de fijar una memoria material de la ciudad cuando todavía estaban visibles las huellas del conflicto en edificios públicos, monumentos y enclaves emblemáticos como el Palacio Real.
A partir de ahí, la muestra sigue el pulso de la reconstrucción y de la modernización. El paisaje madrileño se va ordenando bajo la lógica de una ciudad-capital, mientras el territorio incorpora nuevas formas de habitar, de producir y de circular. El crecimiento urbano no aparece como una línea limpia y progresiva, sino como una suma de capas en las que conviven el campo y el asfalto, los descampados y el hormigón, la periferia y el vértigo vertical de las nuevas construcciones. Esa tensión es precisamente lo que hace que la exposición tenga tanta fuerza: no idealiza el cambio, lo muestra en marcha.