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Madrid en construcción: la ciudad que cambió de piel entre 1940 y 1985

18 de agosto de 2026 · Sebas Fernández

Madrid en construcción: la ciudad que cambió de piel entre 1940 y 1985
Cartel de obras en pared, El Águila. Foto: la Comunidad de Madrid

Madrid sigue cambiando de forma cada vez que alguien vuelve sobre sus imágenes más antiguas. Eso es lo que propone Madrid en construcción, 1940-1985, una exposición que reúne fotografías de varias décadas decisivas para entender cómo la ciudad pasó de la ruina de la posguerra a la expansión urbana de la segunda mitad del siglo XX. La muestra continúa abierta en la Sala Cristóbal Portillo del complejo cultural El Águila, en Madrid capital, con entrada libre hasta completar aforo.

La visita funciona como una lectura visual de la capital y de su región, no como un simple repaso de obras o edificios. En esas imágenes aparecen escombros, solares, chabolas, nuevas avenidas, bloques en altura y grandes hitos arquitectónicos, pero también una manera de vivir la ciudad que se fue desplazando poco a poco. ¿Qué cuenta mejor la historia de Madrid, una fecha o una fotografía? Aquí la respuesta está clara: la cámara captura el momento exacto en que un paisaje deja de ser lo que era y empieza a convertirse en otra cosa.

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Una ciudad en transformación vista desde la fotografía

La exposición arranca en 1940, entre ruinas, y ese punto de partida marca todo el relato. Madrid aparece herida por la Guerra Civil, con barrios y espacios urbanos agredidos en toda su extensión, y con imágenes que documentan barricadas, trincheras y montañas de escombros provocadas por los bombardeos. No se trata solo de mostrar destrucción, sino de fijar una memoria material de la ciudad cuando todavía estaban visibles las huellas del conflicto en edificios públicos, monumentos y enclaves emblemáticos como el Palacio Real.

A partir de ahí, la muestra sigue el pulso de la reconstrucción y de la modernización. El paisaje madrileño se va ordenando bajo la lógica de una ciudad-capital, mientras el territorio incorpora nuevas formas de habitar, de producir y de circular. El crecimiento urbano no aparece como una línea limpia y progresiva, sino como una suma de capas en las que conviven el campo y el asfalto, los descampados y el hormigón, la periferia y el vértigo vertical de las nuevas construcciones. Esa tensión es precisamente lo que hace que la exposición tenga tanta fuerza: no idealiza el cambio, lo muestra en marcha.

Fotografías que cuentan más de lo que parece

La selección reunida en Madrid en construcción, 1940-1985 funciona como una cartografía visual de la metamorfosis de una ciudad y una región. En ella aparecen autores fundamentales como Juan Pando Barrero, Otto Wunderlich y Martín Santos Yubero, junto a otras miradas procedentes de instituciones como el IPCE, el ARCM, el Museo de Historia de Madrid, el AGA o Efe. Cada archivo aporta una pieza distinta del mismo rompecabezas, y el conjunto permite seguir el antes, el durante y el después de un proceso urbano y social muy amplio.

Las imágenes no se limitan a registrar fachadas o calles. También fijan escenas cotidianas, obras en marcha, espacios de borde y formas de vida que hoy resultan decisivas para entender el Madrid contemporáneo. Hay fotografías de estudiantes de ingeniería visitando obras, de obreros, de barrios de chabolas, de poblados de nueva construcción y de enclaves que simbolizan una ciudad que se iba rehaciendo al mismo tiempo que crecía. En esa mezcla de documento y mirada histórica está una de las claves de la exposición: no habla solo de arquitectura, habla de sociedad.

Del derribo al hormigón, y del solar a la ciudad

Uno de los grandes aciertos del recorrido es mostrar cómo la capital se fue reconfigurando mediante operaciones urbanas muy distintas entre sí. La Montaña del Príncipe Pío o la transformación del entorno de Moncloa aparecen como ejemplos de una reconstrucción rápida durante la dictadura, en la que se pretendía borrar la propia huella de la destrucción. Al mismo tiempo, la ciudad se expandía hacia nuevos barrios y periferias, generando una geografía humana mucho más compleja de la que suele asociarse al Madrid oficial.

Frente a los grandes símbolos de la modernidad, la exposición coloca también realidades mucho menos amables. Ahí están las casas cueva del barrio de La Bomba, las casas-vagón de Legazpi o los asentamientos autoconstruidos como Jaime el Conquistador. Ese contraste, tan directo y tan incómodo, resulta esencial para entender la ciudad que se construyó entre 1940 y 1985. Madrid no avanzó a una sola velocidad, y la muestra lo deja ver con claridad. ¿Cómo leer una capital sin mirar al mismo tiempo sus hitos y sus márgenes? Aquí ambas caras aparecen juntas, sin suavizar ninguna.

Arquitectura emblemática y vida precaria, en la misma sala

Lejos de ofrecer una historia celebratoria de la modernización, la exposición coloca en el mismo plano algunos de los grandes hitos arquitectónicos y las formas de precariedad que convivieron con ellos. El estadio Santiago Bernabéu, el Pabellón de los Hexágonos o el edificio Torres Blancas representan un horizonte de ambición urbana y de voluntad de futuro. Pero, al lado, aparecen barrios y espacios que recuerdan que ese desarrollo no fue homogéneo ni igual para todos.

Esa tensión entre la arquitectura icónica y la vida cotidiana más dura da al recorrido una densidad especial. No se mira solo el perfil de la ciudad, sino la distancia entre lo que se proyectaba y lo que realmente se vivía. La exposición deja ver cómo la modernización madrileña fue también una historia de contraste, de desigualdad y de adaptación constante. Precisamente por eso interesa tanto a quien quiera entender la ciudad más allá de su imagen más reconocible.

Una visita para mirar Madrid con otra escala

La muestra puede visitarse de lunes a sábado, de 10 a 14 horas y de 16 a 20 horas, y domingos y festivos de 10 a 14 horas, con entrada libre hasta completar aforo. La información oficial y las condiciones de acceso están publicadas en la Comunidad de Madrid, donde también se detallan las visitas guiadas y las normas de la sala. Para quien quiera planificar la visita con calma, conviene recordar que la exposición sigue abierta hasta el 22 de septiembre.

La posibilidad de recorrerla con guía añade otra capa de lectura. Hay visitas guiadas para adultos los viernes a las 19 horas, los sábados a las 11, 18 y 19 horas, y los domingos a las 10, 11 y 12 horas. Además, se han programado visitas dialogadas por los comisarios los días 23 y 24 de junio, y 11 y 18 de septiembre, todas a las 18 horas, junto con una visita en lengua de signos el 26 de junio a las 19 horas. Aunque algunas de esas citas ya se han celebrado, la programación deja claro que la exposición no se agota en la contemplación libre: invita a volver sobre las imágenes con una lectura más pausada y compartida.

Lo que revelan los archivos de la ciudad

Buena parte del interés de Madrid en construcción, 1940-1985 está en la procedencia de las fotografías. No son imágenes aisladas ni piezas sueltas sin contexto, sino documentos que vienen de archivos muy distintos y que, juntos, permiten reconstruir una memoria visual amplia. Eso hace que la exposición tenga una dimensión casi arqueológica: cada fotografía abre una pista sobre la ciudad que fue, sobre la que estaba naciendo y sobre la que quedó por debajo de la superficie del crecimiento.

Entre las escenas que aparecen en la selección hay obras en marcha, barrios en expansión, calles convertidas en símbolo de llegada o de tránsito, y también momentos cotidianos que hoy se leen de otra manera. Las imágenes de la Gran Vía, de la Puerta de Alcalá, de Plaza de España o de las obras del Templo de Debod no funcionan como postales, sino como evidencias de una transformación continua. Vista en conjunto, la exposición ayuda a entender que Madrid no se construyó de una vez, sino a base de decisiones, derribos, urgencias y expectativas superpuestas.

Una ciudad que se reconoce en sus grietas

En el fondo, la exposición propone mirar Madrid sin nostalgia fácil ni relato lineal. La ciudad aparece como un lugar hecho de grietas, de supervivencia y de ambición arquitectónica, pero también de improvisación y de desigualdad. Esa mezcla explica por qué el recorrido resulta tan sugerente para quien vive en la Comunidad de Madrid: no habla de un pasado remoto ni ajeno, sino de una base visual que sigue presente en el paisaje actual, aunque muchas veces pase desapercibida.

Por eso merece la pena detenerse ante estas fotografías con tiempo. No solo muestran cómo era Madrid, sino cómo aprendió a construirse mientras se transformaba a sí misma. Y en esa tensión entre memoria y crecimiento está una de las claves más útiles para leer la ciudad hoy: detrás de cada avenida, cada bloque y cada gran obra, hay una historia de suelo, de gente y de decisiones que todavía se deja ver en la imagen fija.

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