Cuando lo normal pasa a ser extraordinario

Relato enviado por Marisa Gea para la convocatoria «Historias de la nueva normalidad». Fotografía de Carlos Delgado en Wikimedia Commons.

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Cómo es de extraño que lo normal sea lo cotidiano. Que el café que te tomas con amigas, en La Colectiva o en la Bicicleta, en el Comercial o allá en Maricastaña, y la cerveza en el bar de barrio, sea tan especial que cada día hay que celebrarlo.

Cómo es de extraordinario quedar con la familia a tomar un arroz de domingo o unas tapas por la Latina con los compañeros de trabajo. Como es de especial tener trabajo al que ir cada día y celebrarlo. Tener compañeros o simplemente salir a la calle, a tomarla.

Cómo es de extraordinario llevar a la madre al Ginés a tomar un chocolate con churros después del teatro. Si aún no hay función que ver y la madre tiene mucho miedo por salir de casa. Será normal cuando llegue tal caso. Hoy todavía es extraordinario.

Cómo es de raro ver de nuevo el Retiro abierto y correr a su encuentro. A perdernos por sus rincones frondosos y limpios tras esta primavera lluviosa y contenida. Las ardillas han crecido entre los pinos y los peces del estanque brillan cuando les da el sol de la tarde. Respiramos el aire limpio que envuelve cada banco con sus viejos sentados y las parejas que quieran encontrarse. Las barcas con sus remos quietos esperan varadas en
el estanque a que puedan dar un paseo lento y de uno a uno, a sus visitantes. Pero aún sin columpios, los niños contentos, corretean y echan palomitas a los pájaros. Y migas de pan a los peces que han engordado sin virus.

Y qué especial ver a una señora con sombrero recitar un poema nuevo, de alegría y al joven que la acompaña con su guitarra. Qué bien que la música siempre ha estado ahí desde el balcón al parque. Llenando las plazas y las calles con todos los colores del arco iris. Y los títeres que aplauden la sonrisa infantil y a los viejos que han vuelto a ser niños otra vez, con ganas de comerse la vida.

Qué raro ha sido este año sin feria y sin libros. Sin autores firmando y sin lectores con la emoción entre sus manos. Cuanto ha crecido el Retiro en esta primavera tan rara, con un verde esperanza y la rosaleda sin poder olerla y con ganas para que vuelva la feria del libro a su calle más ancha. Menos mal que Moyano espera con sus casetas de madera, por las que no pasan los años. Con sus libros de viejo que tanto manoseamos sin prisa por llevarlos. Con sus postales antiguas y los carteles de antaño. Menos mal que es extraordinario lo normal.

Y se abren los cafés con sus tertulias en mesas a dos metros de distancia. Y vuelven los libros a ser leídos en el metro, entre estaciones que cantan los destinos que a cada cual la vida les marca. Como antes. Con la cara a medias descubierta y sin rozarnos pero saltando el andén a toda prisa para no llegar tarde a donde sea que haya que llegar.

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Como cuando lo normal era lo cotidiano. Ahora es extraordinario.