K.O.VID EXIT

Relato enviado por Patricia Andrés Sánchez para la convocatoria «Historias de la nueva normalidad».

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Estas dos palabras serían un buen final para el 2020. Pero no, el telón se levantó hace diez meses y todavía no lo bajamos. Una actriz, un autor teatral y un director de escena son mi recurso para secuenciar estos pandémicos meses que llevamos vividos.

Tres microrrelatos que he juntado para agradecerles que nos hayan seguido y así, entre todos, haber mantenido la llama de la creación narrativa.

90% de levadura, 10% de nervios y confinamiento

Una conocida actriz prepara una tarta para mujeres confinadas al borde de un ataque de nervios o debería decir, mujeres al borde de un ataque de nervios en tiempo de confinamiento o, quizás esto es más acertado, mujeres al borde de un confinamiento de nervios o por qué no, mujer de nervios atacados en un  confinamiento, voy a rizar el rizo, nervios confinados al borde de atacar a mujeres. Sentido del humor no le falta e imaginación tampoco. El resultado: una bandeja con zapatos de tacón adornados con pedrería, bolitas de oro y mucho brilli. Por supuesto, todo es comestible, incluido el soporte.

La subasta

Madrid 2020. Una casa de subastas de joyas. La voz del Martillo, director de la escena, da el precio de arranque a un collar de garbanzos de oro; no es frecuente encontrar en el mercado de alhajas esta rareza áurea. Los pujadores se lo trabajan. Salió como una pieza de determinada cuantía, pero se empezó a doblar y triplicar en la puja su precio de salida. El ambiente se apasionó cuándo el Martillo contó el porqué de los garbanzos. La familia propietaria, gran lectora y admiradora de Benito Pérez Galdós, se pudo permitir hacerle este homenaje. Sabedores de que Galdós tenía de todo: calle, plaza, parque, estatua, biblioteca, teatro, café y ahora… iba a tener su propia joya. Así le rinden tributo al escritor que describía tan bien los cocidos madrileños en sus novelas, llegando incluso a poder olerse.

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Más real que la propia realidad: la vida llevada a escena

«El director de escena no duerme». «El director de escena no tiene casa». Es lo que se oye en todo el teatro. ¿Qué le ocurre? Está entusiasmado con lo que la Nueva Normalidad le proporciona: una avalancha de ideas diferentes, que va puliendo de una en una, tallándolas como una verdadera joya creativa. Los actores estudian en sus libretos el texto sobre el tiempo de pandemia; la escenografía y utilería teatral son paneles aislantes, infografías informativas, carteles repartidos por toda la caja negra sobre las precauciones a tomar contra este virus. La sastrería va complementada con mascarillas, a juego con la chaqueta, y guantes de vinilo. La plantilla de limpieza se ha convertido en figurantes, fregando todo el escenario con lejía, cuyo olor se contrarresta con el gel hidroalcohólico que nos perfuma a todos. Las grandes y vistosas mochilas Glovo traen la comida a todos los implicados en esta locura. Crear es terapia. Escribir es la manera de evitar esta trastornadora ansiedad, y la forma más directa y barata. Pero han llamado a su sicoanalista, y amigo, para que le ayude. Vino al teatro y acabó como el director: se quedó a dormir en el patio de butacas, dándole ideas sin parar.