Cumpleaños en pandemia

Relato enviado por Paco García para la convocatoria «Historias de la nueva normalidad».

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Se está acabando el día, pero no quiero terminarlo sin ponerme a escribir sobre mi cumpleaños en esta normalidad aciaga. El sábado 14 de marzo del nefasto 2020 iba a festejar mi cumpleaños, los cincuenta y tantos que caían. Había convocado, como siempre, a un montón de familiares y amigos con los que me apetecía mucho pasar un buen rato. Aparte de tener ganas de juntar a la gente, tengo la suerte de tener una casa grande con una hermosa terraza. A veces he contado más de 50 personas en un encuentro lúdico-festivo en mi morada; una locura maravillosa. Desde que salí del hogar de mis padres no había dejado un solo año sin convidar a mis seres queridos, era lo normal, lo que me gusta. Me encanta la gente.  

¡Amigo! Hasta mi celebración del sábado 14 del malogrado veinte-veinte faltaban unos días que nunca pensé que fueran tan largos y condicionaran tanto mi vida y la de los demás. Desde el domingo anterior, 8 de marzo, día de la manifestación por los derechos de la mujer, se apuntaban nubarrones muy negros sobre la conveniencia de celebrar saraos en casa. Fue avanzando la semana y empeorando la situación sanitaria a pasos desconocidos hasta entonces. Las llamadas y mensajes de mis familiares por el WhatsApp reflejaban muchas dudas, por momentos convertidas en grandes incertidumbres, para pasar directamente a trágicos temores que eran seguidos de los inevitables anuncios de ausencias a mi cumpleaños. Menos mal que no tenía la tarta comprada, que normalmente es tremenda de grande y cuesta unos buenos cuartitos. Antes de que llegara ese sábado tuve que cancelar mi celebración, por primera vez en mi vida adulta. Me fastidió muchísimo.

A medida que ese veinte-veinte fatídico fue pasando se fueron cancelando todos y cada uno de los cumpleaños a los que acudía normalmente. Esas fechas que tiene uno marcadas en la agenda como fantásticos momentos de encuentros con amigos y familiares. Días, junto con otros de otra índole, que son los buenos de la vida, los que uno espera con ganas y los que recuerda durante mucho tiempo, todos, se fueron al traste. Yo no agendo los días de la basura: los que trabajo repetidamente uno tras otro; sé que son necesarios para vivir, pero son días sin gloria, días sin más. Como digo, y todos sabemos, todo se empezó a suspender: vacaciones de Semana Santa, escapadas a la playa, el voley de mi hija, mi partidita de mus… Para que enumerar todo lo que hemos perdido en este año de pandemia. Sabina se preguntaba en su canción, sobre quién le había robado el mes de abril. No podía imaginarse lo corto que se quedó ante el atraco de un año entero —que de momento llevamos— de nuestras vidas, siempre irrecuperable, como el autobús que pierdes por los pelos; podrás coger el siguiente, pero el anterior lo perdiste para siempre.

Y así, viviendo resignados en esa nueva normalidad, llegamos a mi cumpleaños del veinte-veintiuno, mis cincuenta y muchos que han caído. Por un momento pensé —o soñé, no sé muy bien cómo fue— en convocar al personal para el sábado 13 de los corrientes. El pronóstico del tiempo era estupendo para estar en mi terraza al sol de este invierno que languidece. Como está orientada al suroeste, hasta que cayera la tarde se estaría muy bien, y luego que desapareciera el sol, echaría los toldos y prendería una estufa que tengo para la ocasión. Seguramente podríamos alargar la tarde hasta la noche y nos daría tiempo para largas y apasionantes conversaciones; tenemos tanto que contarnos todos los que queremos querer…. Pero me despierto y me digo: céntrate, machote, ¿qué leches estás pensando? Todavía no nos podemos juntar en casa gente no conviviente, mucho menos la barbaridad de público que pretendes convocar, ¿estás perdiendo la cabeza? Sí, me contesté. Creo honradamente que algo no nos funciona bien por dentro después de tanta historia, por lo menos a mí.

La cosa es que, llegado mi cumpleaños actual, empecé el día sin más alaracas y me puse con mis rutinas. Me levanté un tanto cansado y dolorido por mi maltrecha espalda, que un día se empeña en fastidiarme la zona lumbar, otro día la cervical, y los jueves son los hombros los que no paran de molestarme… Me tomé la pastilla de todas las mañanas, desayuné, preparé mi neverita con un plátano, una mandarina y un puñado de nueces para media mañana, una lata de sardinas en tomate, marca Cuca, y otra de mejillones en escabeche —por si acaso— para la comida, más una manzana para la merienda. También eché varios trozos de papel de cocina como servilletas, mi navaja de Albacete y una bolsa de plástico, de las que tengo a montones del super, para el desperdicio. Salí de casa al trabajo como autónomo responsable que soy, compré el pan en la gasolinera, no es el que más me gusta, pero si es muy temprano así hago porque no está abierta la panadería. Una vez en el tajo y a punto de parar un momento para el almuerzo, me llama mi señora. Me dice: hoy te podías venir a comer a casa, así comemos todos juntos por tu cumple —ella teletrabaja— y después de comer vuelves al trabajo.  Bueno, me pareció bien y así hice.

¡Ojo cómo se mejoró el día de repente, con tan poquito! Sólo veía señales aparte de la llamada de mi mujercita. Amigos y familiares no paraban de mandarme mensajes por el WhatsApp acerca de que disfrutara de mi día. Todo el mundo es muy amable y no hace más que desearte felicidad en tu cumple. Te felicitan diciéndote que pases un bueno, bonito y feliz día, y así constantemente en casi todos los grupos. Ya se sabe, en nada que uno empiece a felicitar, ala, todos a seguir, incluyendo emoticonos variados de besos, abrazos, jarras de cerveza, botellas de champan, flores, corazones, etc…. Así que, así hice, tomé por una vez al pie de la letra los mensajes. Abandoné el trabajo, marché a comer con mi mujer y mi hija, no a casa, pues habían reservado en un restaurante que nos gusta mucho, y por supuesto no querían el menú. Charlamos mucho durante la comida en un ambiente muy distendido y agradable, rezumábamos tranquilidad, y pienso que transmitíamos esa sensación de ser una familia rozablemente feliz. Faltaba mi hijo que está estudiando fuera, pero le llamamos antes para participarle del momento, para nosotros era como si fuéramos los cuatro, y desde luego nos sentimos razonablemente contentos.

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Después de la comida cada mochuelo se fue a su olivo, que dicen en mi pueblo; mi mujer a seguir trabajando, mi hija a seguir estudiando, y yo me puse con la parte administrativa que siempre tiene todo trabajo autónomo. Como siempre digo de mi trabajo, soy el peón, el administrativo, el comercial y el director general a la vez. Terminamos los tres nuestras obligaciones y salimos a dar un buen paseo, a seguir soñando con viajar, con ir a ver el mar, con jugar en el nuevo equipo de voley, con echar la partida de mus, con juntarnos toda la familia con mi madre y mis suegros en sus próximos cumpleaños. Para ser un día laboral fue, con muy poco, y dentro de lo que se puede hacer en un pueblo madrileño en estos tiempos, un día bonito de cumpleaños. No sé qué haremos en el veinte-veintidós, pero este veinte-veintiuno estuvo bien así, es lo que hay. Creo que hoy nos vamos contentos a la cama.