Emilia Pardo Bazán nunca creyó en las hadas

Escribiré hasta que me extenúe, hasta que se me adelgacen las fuerzas, tanto que ya no pueda sostenerme ni sostener la pluma.

Es lo que se dijo Emilia Pardo Bazán (1851-1921) a sí misma para no parar de trabajar. Muchos de sus escritos están en la exposición Emilia Pardo Bazán. El reto de la modernidad en la Biblioteca Nacional hasta el 26 de septiembre, por su centenario in memoriam. Más que a un forzado homenaje de calendario, esta conmemoración responde a una necesidad y, para muchos de nosotros una experiencia inmersiva, visual y atmosférica, un descubrimiento donde podemos aprender de esta gran escritora.

Entre todos los expositores de libros y fotografías destacan dos videos. En el primero, sin sonido, una anciana Emilia Pardo Bazán (EPB, en adelante) disfruta fumando, tomando té y hablando a la cámara. Tendríamos que saber leerle los labios para entender lo que nos está contando. Y eso es lo que hace en el segundo video Pilar Gómez, que escenifica momentos de la vida de la escritora en la pieza teatral EMILIA; lo interpretó tan bien que recibió el premio Max.

EPB empezó muy joven a escribir y a dibujar. Y es en esta etapa donde yo voy a detenerme (la ilustración de Ana Martínez la muestra muy jovencita). A suponer a la niña Emilia, con sus lecturas infantiles. Como fue alumna de un colegio francés le harían leer los Cuentos de la Mamá Oca de Charles Perrault –colección de ocho cuentos de hadas con sus ocho moralejas que siguen al fin–. Esas moralejas fueron desapareciendo con el tiempo: Perrault vivió en el s. XVII, Emilia las leyó en el s. XIX y a los niñ@s de la segunda mitad del s. XX no nos llegaron. Ahora, gracias a que los editores las han recuperado, he podido leerlas. En esta columna enlazo estas moralejas, nada anodinas, con el quehacer literario de la escritora gallega: parto de la no ingenuidad infantil de los cuentos de Perrault a la denuncia de la situación de la mujer en el mundo PB. Ambos creadores excavaron en distintos territorios con la intención de encontrar historias varias y así se evitó que se perdieran para siempre.

Lo hicieron con una ética y estética literaria admirable.

Sigo con mi imaginación, fantaseando que con esos cuentos hizo Emilia un trabajo escolar. Le fascinaron tanto cuando se los contaba su niñera con timbre gallego, a la que llamaba Mamoca, que decidió ir más lejos con ellos porque no concebía que una princesa, o cualquiera, durmiera 100 años esperando a su enamorado. «¡Joven, bella y durmiente! Está muy bien ser tenaz, ir despacio para conseguir al amado, u otros objetivos, pero esa espera es demasiado larga», fue lo que apuntó en una cuartilla.

EPB nació y creció en tierra de lobos. Por eso tenía debilidad por La Caperucita Roja. Podía ser ella misma, hablando con un lobo cualquiera. Por ser perspicaz entendió lo del Lobo Feroz, estando totalmente de acuerdo con el mensaje de Perrault: «te enseñan a no ir sol@ por sitios oscuros, en vez de enseñar a los monstruos a no serlo». Además del lobo que te aborda en la calle también los tienes dentro de casa. Como Barba Azul. De pequeños nos gustan las barbas blancas de Melchor y Papa Noel. Llegó Perrault y asoció el azul a la sangre de las esposas asesinadas. Es un cuento de hadas muy duro que Doña Emilia releía de adulta porque en su continua denuncia de la violencia contra la mujer, silenciada con el matrimonio, se acordaba de este personaje que llevó a muchos de sus Cuentos Sangrientos.

Buena entendedora de los miedos de la mujer, les presta atención. La creo ver emocionada por dentro, conmovida por el texto que le iba saliendo. La escritura le hizo darse cuenta de su sensibilidad, de sus emociones a flor de piel. Con sus Cuentos dio la voz de alarma de la violencia generada en diversos grados, de lo que se ve y de lo que no. En Las Medias Rojas extrae la violencia física del padre sobre la hija a la que deja marcada para siempre, sin ninguna posibilidad de salir de ese entorno familiar. En El encaje roto narra la frecuencia con que el maltrato empieza por hechos de poca importancia y va creciendo como un torrente, hasta arrollarlo todo«Por los caminos del mal no se puede andar despacio», escribió. Por El indulto quiso que desapareciera lo de crimen pasional que se decía por las mujeres violentadas, asesinadas a manos de parejas o exparejas.

Como le hubiera gustado que tres hadas madrinas, amigas y consejeras, la  acompañaran a ella y sus personajes, en los momentos difíciles. Ella no conoció a Flora, Fauna y Primavera, las tres hadas buenas que Disney tomó de Perrault. No hay hadas que te adviertan de los peligros. Lo más parecido a un hada que se le ocurrió fue cuando una madre dijo «esta es mi única hija, si la haces vivir una vida dura, me apareceré como un fantasma ante ti por las noches».

Escribió mucho y bien después de haber observado, leído y vivido tanto. No me la imagino como una niña apocada. Su posición social, la educación recibida la dio seguridad. Voy a destacar el apoyo familiar que tuvo, por un lado, el padre le dijo cuando era chiquita lo siguiente: «hija, los hombres somos muy egoístas, y si te dicen alguna vez que hay cosas que pueden hacer los hombres y las mujeres no, di que es mentira, porque no puede haber dos morales para los dos sexos. Bien alto, porque te vas a encontrar que a las mujeres se les va a exigir esas cuentas de moral que jamás se han reclamado a los hombres» y además su madre gestionó los bienes y hacienda familiar durante muchos años lo que pudo permitir a Emilia dedicarse por completo a la escritura.

Es evidente que por completa que sea esta exposición, no puede ofrecernos a toda Doña Emilia. Hay cosas de ella que son inamovibles de su lugar de ubicación y solo lo podemos apreciar por copias o fotografías. El esmero de selección y montaje la hacen, sin embargo, fabulosa.

El leer a esta mujer de letras me ha dado material anecdótico para finalizar con el siguiente microcuento que no es de los de Érase una vez.

El cencerrito

Fue por el tiempo de 1900. Una humilde muchacha de pueblo quedó sin madre, huérfana con la dote de su hermosura y su virtud. Barriendo, lavando, cosiendo se le iban los días de la mocedad. El hermano se marchó, la hermana mayor se casó, con lo que se quedó con el padre. Se le fijaron a la rapaza los horarios de las comidas, los lavados quincenales, el vaciado del orinal y el sacado de la vaca a pastar. Llevaba una argolla en el tobillo de la que colgaba un cencerrito para que oyera sus entradas y salidas. Consiguió de ella una docilidad fatalista de esclava. Las hijas, en aquel entonces, no tenían mucho que oponer a las decisiones de los padres, porque no sé si dije que lo que voy contando ocurrió por 1900.

Salía poco a la calle. Sólo a misa donde el cura impuso precepto de rezo a los fieles. Sucedió, que al salir, vio a un señor insolente de galantería. La besaba con los ojos y le adoró. Él partió. Las comadres del barrio sospechaban que estaba encinta, un asunto para interminables comentarios, y la señalaban con el dedo.

―Has pecado ―decían como un coro cacareador.

―Lo sé, acepto mi culpa, pero El Señor me perdonará.

El hermano volvió de una guerra y al saber de la deshonra, decidió irse a la lejana capital de provincia.

―Has pecado, te maldigo ―le dijo, el día que partió.

―Lo sé, pero El Señor me perdonará.

Nació el bebé. El abandono y la desesperación la volvió loca. Lo arrojó al agua.

Los tribunales la condenaron al cadalso.

―Has matado.

― El Señor me perdonará ―contestó llorando.


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