La mirada en los salones de arte
Se presenta el cuadro en un París del año 1894 y, a continuación, teatralizo las repercusiones, el indescriptible entusiasmo que podía ocasionar en una sociedad la intromisión de un elemento exótico. Se abre la cortina.
La idea de lugar paradisiaco se hace realidad a los presentes: agua, arena, música, paz, armonía, descanso y mujeres. Miran y miran en silencio. La gran mayoría son hombres. Nadie dice nada, nadie opina pero todos quisieran estar ahí. El atrevido Van Gogh corta el silencio.
―Mi buen amigo, El Salvaje, tú no has pintado con un pincel, sí con el falo.
El hielo se rompe. Los presentes asienten. Quién mira el cuadro siente placer. Adivinan una vida de goce, que ha motivado a pintar. Lo primero que se comenta es la figura central, femenina, desnuda, desconocida y mirando al espectador. Todos con la sonrisita cómplice…, que las adolescentes/niñas del Pacífico se doblegan al extranjero, peregrino y extraño, que si van a las colonias no les resulta indecoroso ni reprochable porque ha ocurrido lejos. Exotismos que desatan la imaginación, que les invita a vivir la aventura en ese rincón del Paraíso.
Los ojos de 1894 no son los de hoy, por eso incluyo este párrafo de novela de un escritor del siglo XXI.
La mirada de Mario Vargas Llosa
Confesarías a Vahiné tus planes de retorno a Francia sólo en el último momento. Debías estar agradecido a esta chiquilla. Su cuerpecito joven, su languidez, su espíritu despierto, te habían hecho gozar, rejuvenecer, y a ratos sentirte un primitivo. Su viveza natural, su diligencia, su docilidad, su compañía te hicieron la vida llevadera. Pero el amor estaba excluido de tu existencia, obstáculo insalvable para tu misión de artista, pues aburguesaba a los hombres. Ahora, con esa semilla tuya en las entrañas, la chiquilla comenzaría a hincharse, se volvería una de esas nativas adiposas, monstruosas, por la que tú, en vez de afecto y deseo, sentirías repulsión. Mejor cortar esa relación antes que terminara de mala manera. ¿Y el hijo o la hija que tendrías? Bueno, sería un bastardo más en este mundo de bastardos.
Mario Vargas Llosa. El paraíso en la otra esquina (Alfaguara, 2003)
Vargas Llosa tampoco se calla en la morbosa sensación de peligro que Gauguin perseguía en los países exóticos. Revela a un malvado y la violencia de su crueldad. «[…]A tí, ahora, lo que te obsesionaba no era la pintura sino la enfermedad impronunciable, la enfermedad francesa, la sífilis que, al cuarto mes de tu estancia en Hiva Oa, atacó de nuevo feroz. No paraste, extendiéndola […] se te juntó el paraíso y el infierno. Tu comportamiento terminará por desatar tu tragedia, serás víctima mortal».
Cuatro ficciones distintas para este texto dominical.
La idea parte por la vuelta del Mata Mua al Museo Thyssen. Ha sido noticia este mes de Febrero. Y aprovechando cuatro exposiciones recientes que ha habido en Madrid, mostrando gabinetes de incomodidades coloniales, donde se ha analizado, resumido y recreado esa mirada de España hacia los extraños que poblaron sus dominios, he vuelto al siglo XIX, donde Europa, a lo largo de su historia cultural, se ha apropiado de todas las posibilidades de belleza descubiertas en todos los países. El gusto y acomodo de lo exótico tiene uno de sus momentos álgidos durante los siglos XVIII y XIX con grandes exploradores científicos e imperialistas, creándose invernaderos y zoológicos y, con nativas en la intimidad de sus habitaciones.
Mata Mua (Tahití, 1892) y Mahana No Atua (París, 1894) son dos pinturas muy parecidas y de la misma etapa. «Con una paleta de colores increíbles, composición cuidada y mucho equilibrio; hay simplicidad, inocencia, religiosidad y naturaleza; las formas y tonalidades del paisaje no están representadas con fidelidad». Esto es lo que encuentras en los libros de arte sobre la obra del más Polinesio de los pintores franceses y el más pintor francés de la Polinesia.
Los cuadros, con su primitivismo, naturaleza no domada, pueden parecer de una ingenuidad creativa, pero con la mirada de hoy, dejando a un lado la contemplación estética de los estudiosos de arte, nos acercamos al personaje de Gauguin y lo vemos de una manera poco amable. Hay vivencias en su biografía por lo que le condenarían, por más que nuestro beneplácito, cuando estamos delante de sus cuadros, quiera disculparlo. La historia ha juzgado al artista no los ojos del momento en que creó los cuadros.
He entrado a valorar las distintas visiones del Mahana No Auta para hacer notar lo importante que es la mirada de la época en que sale a la luz una obra artística. Una reconstrucción fragmentada de lo que pudo ser. Una ficticia historia breve con reflexión:
Mata Mua, pintada y traída de las colonias francesas, de Oceanía, como aportación artística de Tahití a Francia, con la intención de ganar dinero en su venta. El torna viaje de Gauguin, el viaje de regreso que hizo el pintor a París, y dentro de su equipaje estaba el cuadro que se expondría a tantas miradas. Gauguin regresó a Polinesia con sus pinceles y cuadernos para recuperar fuerzas, para no volver, pero el cuadro ya se quedó en Francia igual que Annah, la Javanesa, la Vahiné, que una vez aprendido el idioma y costumbres francesas, abandonó al pintor porque le resultaba inaguantable.
En este enlace se explica el torna viaje del Mata Mua, su viaje de regreso al Thyssen, después de un periplo digno de novela, gestionado por una familia con una problemática, la pública, diferente a la de la mayoría de la gente. Ego, adrenalina y poder para que las cifras muevan el Arte. Perdida ya la memoria del origen y significado de este cuadro, que concita tanta belleza, ya no buscan el exotismo, lo dejan fuera.
Hay entusiasmo, pero no indescriptible.